En los Estudios Clásicos, al estudiar la historia de la antigüedad, sobresalen con pleno mérito dos grandes historiadores: Tucídides y Tito Livio. En este ensayo analizaremos, de cada historiador, el primer libro de su obra, su estructura, objetivo y método historiográfico. A continuación, compararemos el modo en que los poetas narraron algunos pasajes históricos.
Sabemos que Tucídides fue un historiador y general ateniense que vivió en el siglo V a.C. Escribió la Historia de la Guerra del Peloponeso, de la cual fue no solo testigo, sino también participante. Tito Livio, por su parte, fue un romano nacido en Padua en el año 59 a.C., que vivió durante las guerras civiles que asolaron la Península Itálica antes y después de Julio César. Estudió filosofía y escribió la grandiosa obra Ab Urbe Condita.
Tucídides redactó su obra en medio de la guerra considerada por él mismo como la mayor de la historia de la Hélade, mayor incluso que la Guerra de Troya. Por su parte, Tito Livio compuso su obra durante la transición del período de la República al Imperio romano, y su propósito es más amplio: relatar la historia de Roma desde su fundación hasta el primer siglo antes de la era cristiana. Corresponde ahora comprender el objetivo que cada autor se propuso al escribir su obra, la estructura adoptada y las materias tratadas por cada uno.
En cuanto al método historiográfico, Tucídides, en su relato histórico, descarta lo fabuloso y advierte sobre el peligro de otorgar una fe ciega a la narrativa de los poetas y logógrafos. Según Tucídides, los «logógrafos compusieron sus obras más con la intención de agradar a los oídos que de decir la verdad», subrayando la importancia de la selección y del filtro de las fuentes históricas: los relatos de segunda mano por lo general resultarían distorsionados, mientras que las fuentes primarias serían siempre preferibles.
Por lo que respecta al relato de la guerra del Peloponeso, Tucídides fue riguroso en su investigación: «El empeño en averiguar los hechos constituyó una labor ardua, pues los testigos presenciales de los diversos acontecimientos no siempre ofrecían los mismos relatos sobre las mismas cosas, sino que variaban según su simpatía por una u otra parte o según la fidelidad de su memoria». Por esta razón, muchos lo consideran «el padre de la historiografía científica». [1]
Tucídides señala que a muchos les podrá parecer árida su narrativa, precisamente por la ausencia de lo fabuloso, pero que su verdadero propósito era convertir su relato histórico en una «posesión para siempre útil». Tucídides concebía la Historia como Magistra Vitae, enfatizando su función pedagógica para las generaciones futuras:
«Quienquiera que desee una idea clara tanto de los acontecimientos ocurridos como de aquellos que algún día volverán a repetirse en circunstancias idénticas o semejantes a causa de la condición humana, juzgará mi historia útil, y ello me bastará». [2]
El Libro I de Tucídides puede dividirse en tres partes: (1) La historia más remota de la Hélade, (2) La consecuencia de la guerra contra los persas y (3) La descripción desde el inicio del conflicto hasta el discurso de Pericles, cuando Atenas decide oficialmente entrar en guerra.
Inicialmente, Tucídides expone el tema central de su obra: «describir la guerra entre peloponesios y atenienses desde sus primeros indicios, en la previsión de que sería grande y más trascendental que todas las anteriores». [3]
A continuación, resume la historia más antigua de la Hélade: los pueblos que la habitaban eran en su mayoría nómadas; el comercio entre ellos no era habitual y, por temor, no se aproximaban entre sí ni por tierra ni por mar. La mayoría de los pueblos nómadas prefería las fértiles tierras de Tesalia o Beocia, las regiones más codiciadas y expuestas a invasiones de otras tribus. Sin embargo, el Ática, al ser extremadamente árida, no padecía estos males, por lo que permaneció habitada por la misma población desde aquellos tiempos remotos. Según Tucídides, esta sería una de las causas de que Atenas se desarrollara de forma estable hasta convertirse en un gran centro cultural, intelectual y filosófico. En el análisis de Tucídides, una prueba de la debilidad de los tiempos antiguos de la Hélade residía en la desunión de sus pueblos, pues, según se tiene noticia, no emprendieron ninguna acción conjunta con anterioridad a la Guerra de Troya.
Otra característica notable de los pueblos que habitaban las islas y el litoral del mar Heleno era la práctica de la piratería. Tucídides enfatiza la recíproca desconfianza de los pueblos y el motivo por el cual se armaban ante el temor de invasiones en sus ciudades desprovistas de murallas. Los atenienses, según el autor, fueron los primeros en desarmarse y adoptar un estilo de vida más apacible y refinado, lo que constituye otro indicio de la prosperidad intelectual y cultural de Atenas. Solo cuando se constituyó la flota de Minos, la navegación se volvió más segura, pues este expulsó a los malhechores de las islas. Minos también colonizó muchas de las islas y ciudades costeras, erigiendo murallas en torno a sus poblaciones. Resulta interesante observar que Tucídides, al describir al rey Minos, no alude en ningún momento a los elementos fabulosos que suelen acompañar la representación poética de este antiguo monarca, limitándose a consignar lo que le otorga un carácter humano e histórico.
Al abordar la Guerra de Troya, el autor reflexiona sobre la probabilidad de la alianza de las tribus helénicas con Agamenón. Según su criterio, resulta más verosímil que ello obedeciera al ejercicio del poder y a la sumisión que al cumplimiento de un juramento contraído con Tíndaro, padre de Helena.
En ningún momento del relato de estos hechos aborda Tucídides lo fabuloso; en realidad, su ausencia es un rasgo distintivo de su texto. El historiador sugiere que la narración homérica resulta «exagerada», toda vez que las ciudades no eran tan populosas ni prósperas como para enviar tantas naves y guerreros, según describe Homero en la Ilíada. Asimismo, la prolongada duración de dicha contienda se debió, fundamentalmente, a que las ciudades de la Hélade carecían de los recursos económicos suficientes para sostenerse en el campo de batalla. Solo gracias a las victorias en los primeros combates fue posible erigir murallas defensivas en el campamento heleno. Para subsistir, el saqueo de las ciudades vecinas era recurrente. El autor explica también cómo se desarrollaron las regiones de la Hélade tras la Guerra de Troya, de manera especial el comercio y las flotas marítimas.
En la segunda parte del Libro I, Tucídides ofrece una breve relación de la guerra contra los persas y del modo en que se organizó la defensa por parte de los helenos. Tras la destacada actuación tanto de lacedemonios como de atenienses y, sobre todo, tras la expulsión del bárbaro, algunas ciudades de la Hélade se aliaron con los atenienses y otras con los peloponesios. Atenas, según Tucídides, comenzó a exigir tributos cada vez más gravosos a sus colonias y aliados.
Tucídides señala que la guerra del Peloponeso se prolongó durante largo tiempo y que, en su transcurso, la Hélade padeció calamidades sin precedente en un periodo comparable: ciudades capturadas y devastadas; en extensas regiones se produjeron terremotos, eclipses solares, sequías, hambrunas y epidemias. Todos estos sucesos acaecieron de forma simultánea durante la guerra del Peloponeso.
En la tercera parte del Libro I, el historiador narra los acontecimientos que desencadenaron la contienda, tales como el incidente de Epidamno, la guerra entre Corcira y Corinto y el primer combate naval. Posteriormente, el autor expone cómo los corcireos lograron concertar una alianza con los atenienses.
Tucídides prosigue con el relato de diversos conflictos, entre los cuales destacan la defección de Potidea, el sitio emprendido por los atenienses y la declaración de ruptura del tratado por parte de los lacedemonios, quienes convocaron una asamblea de guerra contra Atenas. Se suceden asimismo otros acontecimientos: la conjuración de Cilón, la traición de Pausanias, el exilio de Temístocles y el ultimátum de los lacedemonios. En los capítulos finales del Libro I, Tucídides narra el periodo en que los atenienses decidieron finalmente ir a la guerra y concluye con el primer discurso de Pericles.
En el discurso historiográfico de Tucídides se insertan las elocuentes piezas oratorias pronunciadas en primer lugar por corcireos y corintios para forjar la alianza con los atenienses, los discursos de Arquidamo, rey de los lacedemonios, y de Estenelaidas, así como la alocución de Pericles. Según la interpretación de Tucídides, los lacedemonios «eligen la guerra más por temor que por convicción íntima» (I, 88).
El Libro I de Tito Livio puede estructurarse de la siguiente manera: (1) Prefacio, (2) Desde la llegada de Eneas a Italia hasta el nacimiento de Rómulo y Remo, (3) Fundación de Roma y el rapto de las sabinas, (4) Numa Pompilio, (5) Tulo Hostilio, (6) Anco Marcio, (7) Tarquinio Prisco, (8) Servio Tulio y (9) Tarquinio el Soberbio.
En su prefacio, Tito Livio reconoce con humildad que la historia de los orígenes del pueblo romano era ya ampliamente conocida por haber sido referida por otros autores, pero manifiesta su satisfacción al escribir estos anales para «celebrar las gestas del pueblo más grande de la tierra». Según el autor, la historia se remontaba a más de setecientos años; sin embargo, en el momento de redactar su obra, Roma sucumbía bajo el peso de su propia grandeza. Al dar comienzo a su relato con las tradiciones antiguas, su recompensa sería «evadirse de los males presentes», en clara alusión a la transición de la República al Imperio.
A diferencia de Tucídides, Tito Livio da acogida en su relato a lo fabuloso, aunque sin afirmarlo categóricamente ni impugnarlo. El autor procura, en cierto modo, exponer lo «verosímil», depurando la verdad más razonable a partir del mito. En este sentido, no desdeña la tradición oral como fuente histórica, si bien su método se muestra menos riguroso que el propuesto por Tucídides.
Por ejemplo, al narrar el nacimiento de Rómulo y Remo, Tito Livio presenta tanto la versión popular de que fueron amamantados por una loba como la conjetura de que dicha «loba» alude a las prostitutas de la época, a quienes se daba esa denominación.
En su narrativa, Tito Livio concede singular relieve etiológico a las costumbres. Son las costumbres y los valores morales de un pueblo los cimientos fundamentales de una civilización.
Al igual que Tucídides, Tito Livio enfatiza la función pedagógica de la historia:
«A mi juicio, lo que exige una atención primordial es el estudio de la vida y las costumbres de antaño, así como la obra de los hombres que, en la paz y en la guerra, fundaron y engrandecieron el imperio. Conviene observar después cómo el paulatino relajamiento de la disciplina condujo a la degradación de las costumbres, y cómo su decadencia, cada vez más acentuada, precipitó la caída vertiginosa de nuestros días, en los que tanto la corrupción como sus remedios nos resultan insoportables». [4]
La primera parte comprende el prefacio de la obra, donde Tito Livio expone su propósito y su método. La segunda parte traza la historia desde la llegada a Italia de Eneas, hijo de Anquises y de la diosa Venus; su alianza con Latino y su matrimonio con Lavinia, hija de este; la guerra contra Turno y sus aliados; la muerte de Latino y, posteriormente, la del propio Eneas en su última batalla a orillas del río Numicio:
«Cualesquiera que sean las cualidades humanas o divinas que se le atribuyan, yace ahora a orillas del río Numicio y es invocado como Júpiter Indígete». [5]
La narrativa prosigue con la fundación de la ciudad de Alba Longa por obra de Ascanio, hijo de Eneas. Tito Livio señala que no es posible precisar si su madre fue Creúsa o Lavinia, añadiendo que el hecho incontrovertible es su filiación respecto de Eneas, lo cual resulta suficiente. Entre la fundación de Lavinio y la de Alba Longa transcurrieron treinta años, según el historiador, quien traza a continuación la genealogía desde Eneas hasta Rea Silvia, madre de Rómulo y Remo.
El autor da entrada a lo fabuloso, transmitido por los poetas y la tradición, al atribuir la paternidad de Rómulo y Remo al dios Marte. Una de las virtudes fundamentales asignadas a Rómulo fue su índole belicosa, de suerte que el autor no solo recoge la tradición, sino que sugiere una etiología del espíritu guerrero del pueblo romano. La narración continúa con la historia de los gemelos que dieron muerte al usurpador Amulio (tío abuelo de Rómulo y Remo) y restituyeron el poder a Númitor, padre de Rea Silvia. Tito Livio refiere asimismo el fratricidio y la muerte de Remo, la instauración del culto a Hércules, la organización de Roma, la elección de los senadores, el rapto de las sabinas, la contienda entre sabinos y romanos, y la mediación de las sabinas para conciliar a ambos pueblos.
Relata Tito Livio que Rómulo imploró la intervención de Júpiter en medio del combate contra los sabinos: «Tras pronunciar esta oración, como si tuviera la certeza de haber sido escuchado, exclamó: «¡Romanos, el óptimo y máximo Júpiter os ordena deteneros y reanudar el combate!». Los romanos se detuvieron como movidos por una voz celestial, y el propio Rómulo acudió a las primeras líneas». [6] El historiador reafirma así la tradición y la piedad religiosa del pueblo romano desde sus orígenes.
Asimismo, pondera el papel de las sabinas, raptadas por los romanos, en la consecución de la paz:
«Si este parentesco o este matrimonio os resultan odiosos, es contra nosotras contra quienes debéis dirigir vuestra ira. Nosotras somos la causa de la guerra, de las heridas y de la muerte de nuestros esposos y de nuestros padres. ¡Prefiramos morir antes que sobrevivir a unos u otros, quedando viudas y huérfanas!». [7]
Tras la muerte de Rómulo, asume el trono Numa Pompilio, cuya función esencial consistió en inculcar el sentimiento religioso en el pueblo romano durante los tiempos de paz. Tito Livio lo describe como un soberano justo y piadoso. Así como Rómulo confirió un carácter belicoso a los romanos, Numa Pompilio consolidó los cimientos de la ciudad «sobre la base del derecho, la ley y las buenas costumbres». Instituyó los colegios sacerdotales, los cultos a las divinidades celestes y los rituales funerarios, estableciendo además la forma de interpretar los presagios. Sin embargo, la obra cumbre de su reinado fue la salvaguardia de la paz y de la corona.
A continuación, el historiador relata la expansión del dominio romano mediante las guerras entabladas contra los pueblos limítrofes a los cuales, tras vencerlos, invitaba a integrarse como ciudadanos, aumentando progresivamente tanto el territorio como la población de Roma. Describe seguidamente el imprudente reinado de Tarquinio el Soberbio y el fin de la etapa monárquica, con especial énfasis en el ultraje perpetrado por Sexto Tarquinio, hijo del rey, contra Lucrecia, acto que llenó de horror y repulsión a los romanos. En cierto modo, este suceso constituye también una de las razones que llevaron a Tito Livio a expresar en su prefacio el recelo ante la decadencia de su propia época (el siglo I a.C.), marcada por la transición de la República al Imperio romano.
1 – TUCÍDIDES. História da Guerra do Peloponeso. Brasília: Editora Universidade de Brasília, Instituto de Pesquisa de Relações Internacionais; São Paulo: Imprensa Oficial do Estado de São Paulo, 2001, Livro
I, 22.
2 – Ibidem.
3 – Ibidem. Livro I, 1.
4 – LÍVIO, Tito. História de Roma. São Paulo: Paumane, 1989. Livro I, p. 18.
5 – Ibidem, p. 23.
6 – Ibidem, p. 36-37.
7 – Ibidem, p. 37-38.
Artículo publicado originalmente en: https://vias-classicas.com/blog/estudos-classicos-o-discurso-historico-e-poetico-e-sua-funcao-pedagogica-parte-i/

