Beneficios de la Educación Clásica (5): Herencia grecorromana

Ya hemos mencionado de pasada en diversos artículos de esta serie sobre los ocho beneficios fundamentales de la Educación Clásica, la importancia del reconocimiento de la herencia cultural grecorromana en el desarrollo de la inteligencia y del sentido de pertenencia a una civilización. La influencia grecorromana sobre el modo en que vivimos en nuestra nación y nuestra civilización es materia para muchos miles de páginas, extendiéndose, por ejemplo, a la Tecnología (el odómetro, la rueda hidráulica y el reloj despertador), a la Política (república, democracia, senado, elecciones periódicas, voto), al Derecho (leyes, procedimientos judiciales, terminología jurídica), al Arte (conceptos de teoría musical, escultura, pintura), a la Arquitectura y la Ingeniería (arcos, columnas, anfiteatros, estadios), a la Literatura (poesía, narrativa, teatro), a las costumbres (festividades, deportes y competiciones, juegos olímpicos, procesiones religiosas, fiestas públicas, carnaval), a la Ciencia y a la Filosofía (por herencia directa), entre muchos otros ámbitos.

San Jerónimo en su estudio. Fuente: https://en.wikipedia.org/wiki/File:Antonio_da_Fabriano_II_-Saint_Jerome_in_His_Study-_Walters_37439.jpg

Por la obvia limitación de espacio y tiempo, enfatizaremos en este artículo únicamente un aspecto fundamental de la Educación Clásica que, por sí mismo, ya representa un ineludible compromiso con nuestros orígenes: el estudio del latín.

El estudio del latín y la formación de la inteligencia

El historiador argentino Rubén Calderón Bouchet (1918-2012) expuso de forma preclara el modo en que el latín constituye un elemento definitorio de nuestra civilización:

«El idioma latino, acuñado con justeza en las exigencias de la expresión jurídica, tiene el privilegio de adecuarse con precisión al intercambio de las ideas más universales. Es, probablemente, la mejor lengua hecha para decir todo aquello que los hombres necesitan decir cuando se trata de asuntos de interés general. Léxico de juristas, se convirtió fácilmente en vehículo idóneo de la filosofía griega y de todo lo que había de radicalmente esencial en los helenos. Al ser expresado en fórmulas latinas, el pensamiento griego ganó en concisión y seguridad denotativa lo que perdió, tal vez, en riqueza expresiva».

Es un hecho que, al desconocer el origen histórico de las palabras que pronunciamos, se imposibilita la comprensión más profunda de su sentido y, por consiguiente, se esteriliza toda discusión en torno a ellas en un océano de confusiones, ambigüedades, equívocos y, en última instancia, embustes. Alceu Garcia, en un elocuente artículo, nos presenta algunos ejemplos:

«JUSTICIA SOCIAL – Justicia deriva del latín iustitia, que expresa conformidad con el Derecho; no necesariamente el Derecho Positivo, legislado —que puede ser, y frecuentemente es, injusto (…)—, sino los principios generales derivados de los valores que forman la Ética de un determinado grupo, los cuales anteceden e informan las leyes objetivas y su interpretación, consustanciados en el deber de dar a cada uno lo suyo, como decían los juristas romanos. (…). Social proviene de sociale, relativo a la sociedad (del lat. societate), es decir, una colectividad humana. Ahora bien, si la justicia consiste en dar a cada uno lo suyo, se infiere necesariamente que la existencia de más de un individuo es su condición sine qua non. (…) El adjetivo “social” es, pues, redundante y prescindible».

El autor multiplica los ejemplos, demostrando cómo, a partir del origen grecorromano de los vocablos, expresiones tan en boga en los debates públicos como «justicia social», «política pública», «derechos humanos», «desigualdad social», «lógica del capitalismo» y «derechos de las minorías» no son más que redundancias destinadas a inducir el razonamiento hacia conclusiones equívocas.

Olavo de Carvalho observa que la degradación de la herencia lingüística de un pueblo puede conducir, en el extremo, a su desaparición:

«Pero el hecho es que las naciones nacen de las lenguas, y no estas de aquellas. Por esto mismo es imposible conservar un sentido de identidad nacional cuando, a la fuerza de conformarnos a una actualidad sociológica creada por los medios y por el imperio cultural, abdicamos de conservar el sentido de unidad histórica de la lengua, el cual solo puede ser sostenido con base en la tradición literaria perpetuamente revivificada por la enseñanza. (…) Ahora bien, si la enseñanza de la gramática rompe con la tradición literaria, adaptándose al hecho consumado sociológico determinado por factores extranacionales y antinacionales, la tradición misma termina por romperse, el gusto literario decae, la lengua se vuelve confusa y basta, los debates públicos descienden al nivel de los eslóganes brutales y el propio nacionalismo asume el sentido de una revuelta suicida».

George Orwell, en su célebre artículo «Politics and the English language» (La política y la lengua inglesa), explica cómo este uso «ligero» del lenguaje, desprovisto del dominio del alcance real y el significado de las palabras, representa una solución cómoda para quien desea meramente escribir sin realmente pensar:

«Con el uso de metáforas, símiles y expresiones idiomáticas recalentadas, se ahorra mucho esfuerzo mental a costa de dejar vago el significado, no solo para el lector, sino para uno mismo. (…) El único objetivo de una metáfora es evocar una imagen. Cuando estas imágenes colisionan —como en “El pulpo fascista emitió su canto de cisne…”—, dese por sentado que el escritor no contempla una imagen mental de los objetos que nombra; en otras palabras, que, de hecho, no está pensando».

El profesor magíster Ricardo Santos David, en un resumen bibliográfico sencillo y didáctico, reconoce cuán necesario es el estudio del latín para un auténtico aprendizaje de la gramática de nuestro idioma. Un fragmento de significado inequívoco señala:

«El latín es necesario en los estudios de gramática de la lengua portuguesa [o española], puesto que resulta indispensable comprender el significado de las palabras en su origen y terminología, y a partir de esto comprender también mejor los significados del sistema lingüístico cultural».

Más allá del estudio de la gramática, Napoleón Mendes de Almeida1, en el prefacio a su Gramática latina, tras afirmar enfáticamente y demostrar con hechos que es totalmente falsa la idea de que el principal beneficio del estudio del latín sea facilitar el aprendizaje de la lengua materna, explica por qué constituye un desastroso equívoco una concepción de la educación que excluya el estudio de la lengua de Cicerón:

«No encuentra el pobre estudiante quien le pruebe que el latín es, de entre todas las disciplinas, la que más favorece el desarrollo de la inteligencia. Tal vez ni siquiera comprenda el significado de “desarrollar la inteligencia”, tal es la rudeza de su mente, preocupada por otras cosas ajenas a los estudios.

El hábito del análisis, el espíritu de observación y la educación del razonamiento difícilmente podemos, los pobres profesores, conseguirlos de un estudiante preocupado tan solo por las calificaciones, las vacaciones, el fútbol y las revistas.

Hay mucha gente, ajena a los asuntos de la educación, que se admira de ver el latín defendido en el ciclo secundario, ignorando que enseñar no es dictar y que educar no es meramente instruir. Educar es dar independencia de pensamiento al alumno, haciendo que progrese por sí mismo: el profesor es un guía. Es inculcar en el estudiante el espíritu de análisis, de observación, de razonamiento, capacitándolo para ir más allá de la simple letra del texto».

Sobre el papel del estudio del latín en el desarrollo de la inteligencia, Cheryl Lowe (1945-2017), fundadora de la editorial Memoria Press y de la Highland Latin School, observa que los objetivos de una asignatura van mucho más allá de su contenido informativo, imprimiendo sus principios, métodos y fundamentos en el propio funcionamiento de la mente del estudiante:

«Las disciplinas escolares hacen más que proveer información: son formativas. Las asignaturas forman la mente del estudiante cuando imprimen en ella sus propias cualidades. (…) Por ejemplo, la disciplina de la Literatura enseña a comprender, percibir y compadecerse de la condición humana. La Historia desarrolla el juicio, el discernimiento, la agudeza y la sabiduría; la Matemática enseña la precisión y la lógica. Análogamente, la mente del estudiante educado en latín asume las cualidades del latín: lógica, orden, disciplina, estructura. El latín exige y enseña la atención al detalle, la exactitud, la paciencia, la precisión y el trabajo riguroso y honesto».

Este punto de vista es compartido por el padre Milton Luís Valente, S.J.2, en la introducción de la obra Ludus Primus, donde diserta sobre el latín como requisito imperativo para el estudio de cualquier ciencia:

«La ciencia jurídica se basa en el Derecho Romano. Estudiar el Derecho Romano sin conocer el latín es un absurdo.

La mayoría de los términos de la Medicina y de todas las Ciencias Naturales es de origen latino, y memorizar esos términos sin penetrar en su fuerza íntima no es digno de un ser racional, y mucho menos de un científico.

Por ello, solía decir Carlos de Laet: “Admitir en los cursos superiores a jóvenes que no estén debidamente preparados en Letras Clásicas sería crear no médicos, sino curanderos, aunque fuesen peritos; no jurisconsultos, sino rábulas; no ingenieros o arquitectos, sino simples maestros de obras”.

Pero el mayor bien que os ministra el latín es la sólida formación preparatoria para la ciencia. Lo que la enseñanza del latín pretende en nuestro bachillerato es, además, aguzar vuestra inteligencia, fortalecer vuestra voluntad y desarrollar vuestro espíritu para que, cuando lleguéis a los complejos problemas de la ciencia, podáis observar, razonar, discutir, juzgar con criterio y emitir con claridad vuestra opinión. Así formados, estaréis aptos para seguir en las universidades a los profesores de cualquier ciencia en sus investigaciones y lucubraciones».

Observaciones finales

El estado de absoluta confusión que podemos presenciar en todas las discusiones públicas en la actualidad y, especialmente, el bajísimo nivel de las conversaciones entabladas en las redes sociales por profesionales con títulos universitarios sobre todos los temas imaginables, son un indicio bastante claro de la degradación colectiva y masiva de la inteligencia, resultado del abandono de los estudios clásicos y del idioma latín por parte de nuestro sistema educativo. Este indicio es aún más elocuente cuando se compara con la situación de hace cincuenta o sesenta años, cuando el país aún contaba con excelentes escritores y oradores. La ausencia de las herramientas esenciales del razonamiento impide la definición apropiada de los problemas nacionales; la ausencia de definiciones precisas de los problemas imposibilita su planteamiento; y la falta de planteamiento reduce a una quimera las expectativas de que algún día estos problemas vean la luz de una solución.

La esperanza de mejoras efectivas en nuestra patria no debe recaer en este o aquel gobernante o partido, cuyo poder es siempre transitorio, sino en una nueva generación de hombres y mujeres formados en los principios de la Educación Clásica, con un razonamiento y una inteligencia refinados, movidos por intereses mucho más elevados que —en el amargo decir de Napoleón Mendes de Almeida— «las calificaciones, las vacaciones, el fútbol y las revistas». Los niños educados en el hogar (homeschoolers), criados en el amor del hogar, con el corazón enternecido por la fe cristiana y con la inteligencia forjada por la Educación Clásica, representan una gran fuente de esperanza para que nuestra nación recupere la senda de la Verdad, de la Belleza y de la Justicia, con todas las benéficas consecuencias que de ella se derivan.

1ALMEIDA, Napoleão Mendes de. Gramática latina. São Paulo: Saraiva, 2000, 29ª edição, p. 8.
2VALENTE, Pe. Milton Luís. Ludus Primus: 1ª série ginasial. Porto Alegre: Livraria Selbach, 1949, pp. 12-13.

Artículo publicado originalmente en: https://vias-classicas.com/blog/beneficios-da-educacao-classica-5-heranca-greco-romana/

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