En el primer artículo de esta serie sobre los beneficios de la Educación Clásica, tras una exposición de los motivos históricos que condujeron al gobierno brasileño a eliminarla por completo de los planes de estudio escolares nacionales, presentamos un elenco de ocho beneficios fundamentales a los que nuestro país renunció al optar por un modelo de educación de índole meramente profesionalizante. En este artículo, desarrollaremos el tercer beneficio fundamental de la Educación Clásica, a saber: «la formación de un agudo discernimiento sobre qué informaciones, ideas y contenidos son benéficos para su mente y su carácter, y cuáles son debilitantes».

Un ermitaño en oración», por Gerrit Dou, 1670. Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Gerrit_Dou_-A_Hermit_Praying-87.11-_Minneapolis_Institute_of_Arts.jpg
Qué es el discernimiento
Manteniéndonos fieles a los principios de la educación clásica que abordamos en el artículo anterior, debemos comenzar esta discusión con una simple consulta a un buen diccionario:
discernir
(del latín discerno, -ere; separar, distinguir, reconocer, decidir)
- Distinguir.
- Establecer la diferencia conveniente (entre cosas o personas).
- Discriminar.
- Conocer.
- Juzgar.
- Apreciar.
- Medir.
- Evaluar bien.
Así, en el sentido más general y elemental de la palabra, el «discernimiento» es la capacidad cognitiva de reconocer la diferencia entre dos cosas cualesquiera. Es el discernimiento el que nos permite diferenciar una manzana de una pera; un juguete inofensivo, de una herramienta peligrosa; un alimento saludable, de una porción de veneno.
Como señalamos en el último artículo, este sentido básico de la palabra «discernimiento» constituye la condición fundamental de todo conocimiento y el resultado esperado de todo proceso educativo. Sea cual fuere la profesión, la ciencia o el campo del saber, el reconocimiento de las diferencias entre las cosas es una condición sine qua non o, como bien sintetizó Olavo de Carvalho en su perfil de Facebook:
«Las reglas de la vida intelectual son:
Mirar, mirar, mirar y, después, mirar un poco más.
Sentir, impregnarse del objeto y dejar que este hable.
Distinguir, distinguir, distinguir y, después, distinguir un poco más».
En el contexto del trivium, el discernimiento se inicia en las distinciones elementares de la Gramática, se refina en las asociaciones lógicas entre los diferentes conceptos y elementos de la realidad, y alcanza su cúspide en las distinciones lingüísticamente más complejas e intelectualmente más elevadas de la Retórica.
El discernimiento en la tradición cristiana
En el ámbito del cristianismo, el discernimiento asume un sentido especial que merece un desarrollo un poco más detallado.
El teólogo católico Joe Paprocki, D.Min., consultor de Loyola Press, sintetiza en pocas líneas y con un lenguaje accesible para el lector moderno los elementos esenciales del concepto:
«El discernimiento es una práctica consagrada por el tiempo en la tradición cristiana. En esencia, el discernimiento es un proceso de toma de decisiones que honra el lugar de Dios en nuestras vidas. Es una búsqueda interior que se orienta hacia el alineamiento de nuestra propia voluntad con la voluntad de Dios, con el objetivo de descubrir a qué nos convoca Dios. Cada decisión que tomamos, por pequeña que sea, es una oportunidad para alinearnos con la voluntad de Dios».
La búsqueda del discernimiento en este sentido de «alineamiento con la voluntad de Dios» posee asimismo una importancia central entre los cristianos protestantes, tal como se puede apreciar en estas clarísimas líneas del teólogo presbiteriano Sinclair Ferguson, PhD:
«El verdadero discernimiento significa no solo distinguir lo correcto de lo incorrecto, sino lo primario de lo secundario; lo esencial de lo indiferente; y lo permanente de lo transitorio. Y, sí, significa distinguir lo bueno de lo mejor e, incluso, lo mejor de lo óptimo».
El problema o desafío del discernimiento en este sentido, por llamarlo así, más «práctico», permea prácticamente toda la vida del cristiano, como se puede observar en esta sencilla descripción de la adolescente católica estadounidense Natalie Tansil (1):
«El discernimiento es simplemente la búsqueda y el descubrimiento de la voluntad de Dios en tu vida. Es una aventura con Dios que comienza al plantearle una pregunta a Él. Es más fácil si no se trata de una pregunta abierta. Aquí hay algunos ejemplos de este tipo de preguntas:
¿Debo o no salir con esta persona?
¿Debo ir a la universidad A o a la universidad B?
¿Debo ingresar al seminario?
¿Soy llamado a la vida religiosa o al matrimonio?
¿Soy llamado o no a ser sacerdote o hermano religioso?
¿Soy llamada o no a ser una monja de clausura?
¿Debo graduarme en Química o en Inglés?
¿Debo o no proponerle matrimonio a esta persona?
No se puede discernir entre cosas que carecen de gran importancia, como la marca de cereal que comerás en el desayuno. Tampoco existe discernimiento en la elección entre cosas inmorales».
En el contexto católico, no obstante, la noción de discernimiento está vinculada de manera más profunda al descubrimiento de la vocación individual, especialmente a las vocaciones sacerdotales. Se trata, en último término, de distinguir, entre las múltiples opciones de vida, cuál se armoniza mejor con la voluntad de Dios; resultando evidente que solo un profundo conocimiento de dichas opciones, aliado a una sólida disciplina espiritual, puede conducir a la persona hacia la elección más adecuada. En este sentido, San Ignacio de Loyola prescribe, como requisito para el discernimiento, una «Santa Indiferencia» respecto al valor de las diversas opciones:
«El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; de manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y consecuentemente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados» (DE LOYOLA, San Ignacio. Ejercicios espirituales).
La Santa Indiferencia no es, de este modo, un desinterés apático por parte del fiel, sino una predisposición a aceptar cualquiera que sea la opción reservada por Dios. En este punto, San Francisco de Sales es aún más enfático:
«CAPÍTULO V – Cómo la santa indiferencia se extiende a todas las cosas:
La indiferencia debe practicarse en todo lo relativo a la vida natural, como son la salud y la enfermedad, la belleza y la fealdad, la debilidad y la fuerza; en las cosas de la vida civil, como son las distinciones, honores y riquezas; y en la extensa escala de la vida espiritual, como es la tibieza y las consolaciones, la desolación y la alegría. Debemos ser indiferentes en los actos, en los sufrimientos y, en fin, en toda suerte de eventualidades». (DE SALES, San Francisco. Tratado del amor de Dios).
El efecto que produce en la vida de una persona un discernimiento que emerge de la Santa Indiferencia es descrito de forma adorable por la fiel católica Ann Yeoung en un artículo para el sitio web de la Arquidiócesis Católica Romana de Singapur:
«Por eso San Ignacio de Loyola enseñó que necesitamos la Santa Indiferencia como prerrequisito para el discernimiento. Esta indiferencia, más que un estado de desapego, consiste en sentirme tan confiada en el amor y en el deseo de Dios que ya no tengo necesidad de pensar en lo que yo creo que me hará feliz. Es un estado de total humildad donde hago reposar mis propios pensamientos sobre cuál sería la mejor opción y, en su lugar, pido ser guiada por el Señor».
El abad A.D. Sertillanges, en su obra La vida intelectual, refuerza la percepción de la fiel singapurense advirtiendo sobre los peligros de abrazar una actividad cualquiera —en este caso, la actividad intelectual— sin que la persona esté movida por una auténtica vocación «alineada con la voluntad de Dios»:
«Esto supone que se abraza la vida intelectual con intenciones desinteresadas y no por ambición o vanagloria. Los cascabeles de la publicidad solo tientan a los espíritus fútiles. La ambición que pretendiera subordinar a sí la verdad eterna, la ofendería. Jugar con las cuestiones que dominan la vida y la muerte, con la naturaleza misteriosa; forjarse un destino literario y filosófico a expensas de la verdad o fuera de la dependencia de la verdad, constituye un sacrilegio. Tales intenciones, sobre todo la primera, no lograrían sostener al investigador; pronto el esfuerzo desfalecería y la vanidad habría de entretenerse con bagatelas, sin cuidar de las realidades».
El teólogo católico Peter Kreeft, Ph.D., profesor de Filosofía en el Boston College, presenta cinco principios para la búsqueda del discernimiento:
«1. Comience siempre con la información, con lo que sabemos con certeza. Juzgue lo desconocido por lo conocido, lo incierto por lo cierto…
2. Deje que su corazón eduque a su mente. Que su amor a Dios eduque a su Razón en el discernimiento de su voluntad…
3. Mantenga el corazón blando y la cabeza dura… En nuestros corazones, debemos ser como liberales compasivos; en nuestra cabeza, conservadores con los pies firmemente asentados en la tierra.
4. Todos los signos de Dios deben alinearse, como en una trigonometría. Hay al menos siete signos: (1) las Escrituras, (2) la enseñanza de la Iglesia, (3) la razón humana (creada por Dios), (4) la situación o circunstancias (que Él controla por su providencia), (5) la conciencia, o el sentido innato del bien y del mal, (6) nuestras inclinaciones individuales, deseos o instintos y (7) la oración. Pruebe su opción presentándola ante el rostro de Dios. Si una de estas siete voces dice no, no lo haga. Si ninguna de ellas dice no, hágalo.
5. Busque los frutos del espíritu, especialmente los tres primeros: amor, alegría y paz».
Es decir, el discernimiento en el sentido cristiano en general y, en especial, en el sentido católico, es un logro integrado en el que participan el conocimiento y la razón junto con los sentimientos, los instintos, la fe, la doctrina, etcétera. Su dificultad reside justamente en el hecho de que se trata de elecciones entre cosas inherentemente buenas, como resalta el adolescente católico educado en casa (homeschooler) Peter Anselm Lyons al relatar esta brillante explicación que recibió durante un retiro de discernimiento en un colegio benedictino:
«Todas estas cosas —el matrimonio, la familia, la paternidad, la carrera— son buenas; son buenas porque es virtuoso el deseo de ser un buen esposo, de amar y ser amado por una mujer, o de seguir con éxito una carrera profesional honesta. Estos deseos, o apetitos, son impulsos naturales dados por Dios que indican a un hombre bien ordenado. Pero Dios, a veces, nos quita cosas buenas para darnos un bien mayor. ¿Es duro renunciar al matrimonio? Desde luego que es duro, porque el Sacramento del Matrimonio es bueno. Si Dios desea que usted desista de casarse para convertirse en sacerdote, esto no significa que usted no se sentiría, hasta cierto punto, satisfecho en un matrimonio, sino que sería definitiva, única y dinámicamente feliz como sacerdote, en una medida que jamás podría experimentar en el matrimonio. Y viceversa».
La tragedia de la pérdida del discernimiento
Señalamos al principio de este artículo que uno de los beneficios de la Educación Clásica es el discernimiento sobre la calidad de las informaciones, ideas y contenidos. Ahora bien, si ya es indispensable desarrollar el discernimiento en aquel sentido más básico de mera diferenciación entre cosas y conceptos, cuando elevamos la comprensión del discernimiento a su nivel espiritual más alto, veremos que su pérdida solo puede conducir a la locura. En el contexto de una Sociedad de la Información en la que el individuo es bombardeado por la propaganda de todo tipo de valores, comportamientos, estímulos y mensajes, que varían desde lo útil y constructivo hasta lo inocuo, lo inútil y lo abiertamente nocivo, el desarrollo de criterios de filtrado —es decir, de discernimiento— asume un papel central en el mantenimiento de la cordura y del crecimiento espiritual. Como resalta Olavo de Carvalho:
«El discernimiento estético es parte integrante de la cultura espiritual. La música, las artes plásticas, el cine y el teatro son armas letales utilizadas en la deshumanización de las masas, y esto menos por el contenido propagandístico explícito (una excepción) que por el mero hecho de disolver el sentido estético de las multitudes mediante la exposición repetida a lo feo y deforme presentado como normal».
Esa exposición continua «a lo feo y a lo deforme como si fuesen normales» forma parte de un proyecto intelectual iniciado en los años sesenta, el cual no corresponde desarrollar aquí, cuyo trágico resultado fue la destrucción del discernimiento en todo el Occidente. El resultado de dicho proyecto es descrito magistralmente por el abogado católico neoyorquino James Kalb:
«El resultado natural fue un declive radical en la vida intelectual, artística y religiosa, el caos, la banalidad y la brutalidad en el mundo en general, la sustitución de las pautas tradicionales de vida por el comercio, la burocracia y paliativos de efecto temporal. La esperada Edad de Oro resultó ser una era de plomo o, mejor dicho, de lentejuelas y basura. El contraste entre las expectativas y los hechos dio como resultado una oposición entre apariencia y realidad. Dadas las tendencias marxistas de la época, resulta apropiado que la oposición se ejemplifique en una falsa conciencia: la aceptación de imágenes falsas de la realidad y el fracaso en reconocer los intereses que tales imágenes promueven».
Carrie Gress, cuyo currículo ostenta un doctorado por la Universidad Católica de América, una cátedra de Filosofía en la Pontificia Universidad y cuatro hijos a los que educa bajo el régimen de homeschooling, testifica cómo la pérdida del discernimiento estético ejerce un terrible efecto sobre muchas mujeres:
«Tome cualquier revista femenina de la actualidad y se llevará la nítida impresión de que la belleza sirve únicamente a la superficialidad: para seducir a los hombres, impresionar a las amigas o sopesar la devastación de la edad. La noción de que la belleza debería apuntar más allá de sí misma, hacia la fuente de toda belleza —el Creador—, está muy, muy lejana. Esta belleza vaciada vuelve a las mujeres semejantes a «sepulcros blanqueados: hermosos por fuera, mas por dentro llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia (Mateo 23:27)» … ¿Acaso nos estamos haciendo preguntas como «¿Tengo un alma hermosa?» o, incluso, «¿Qué es un alma hermosa?»».
El Padre Paulo Ricardo enfatiza el papel de los mitos clásicos en el crecimiento personal y los peligros de las inversiones perpetradas por los medios modernos bajo los pretextos «políticamente correctos» de «no ofender a las minorías»:
«In la historia de las civilizaciones, los hombres siempre han creado fábulas para narrar acontecimientos importantes o transmitir alguna lección moral a las nuevas generaciones. Mitos como el Laberinto de Creta o la legendaria figura del Rey Arturo no tenían únicamente la tarea de entretener a una sociedad fatigada por la rutina cotidiana, sino también la de ofrecer respuestas concretas a los dramas existenciales, de suerte que, mirando el desenlace de estas historias, el hombre pudiera superar sus desafíos y crecer como persona… En efecto, los productos de la cultura de masas se transforman en un peligroso instrumento de subversión cuando deciden alterar el sentido de la mitología tradicional para ofrecer, en su lugar, las fantasías que hacen retroceder al ser humano».
En síntesis, los medios de comunicación han inundado el entorno mental con informaciones perniciosas a tal punto que no se puede confiar en la «inocencia» de un dibujo animado o una historieta como forma de diversión o pasatiempo saludables. Es, más que nunca, fundamental desarrollar en nosotros mismos y en nuestros hijos un agudo discernimiento, tanto en el sentido elemental de diferenciación entre cosas y conceptos como en los sentidos más elevados del discernimiento estético, ético y espiritual.
Cómo favorece la Educación Clásica al Discernimiento
El fundamento de la Educación Clásica, así como su objetivo mayor, es el discernimiento de la Belleza, la Verdad, la Justicia y la Bondad. Solo ante la ausencia de los principios, contenidos y valores de la Educación Clásica pueden prosperar el relativismo moral, la subversión de la estética, la confusión de conceptos, la inversión de prioridades y valores, entre tantos otros vicios que constituyen la impronta de nuestro tiempo.
Al estudiar los mitos, las historias de santos y héroes, y las grandes realizaciones artísticas y literarias que conforman la mejor herencia de nuestra civilización, el individuo tiene la oportunidad de «vacunarse» contra las mórbidas ideologías que infectan el ambiente mental de la actualidad, distinguiendo lo que es bello, verdadero, justo y bueno de aquello que no lo es.
El modelo de Educación Clásica, al enfatizar el estudio de las virtudes, exige del estudiante el confrontar sus valores con los actos practicados por hombres y mujeres a lo largo de los siglos, y la continua comparación con su propia realidad y con los dilemas mismos que vivencia, hallando parámetros y límites para evaluar sus actos y decisiones.
El punto fundamental a considerar es que, como hemos visto, el conocimiento de la realidad —esto es, de las opciones a disposición del individuo en sus decisiones— es un componente esencial del discernimiento, incluso en el más elevado sentido espiritual de la palabra. No se obtendrá discernimiento aislando a la persona en una burbuja de información filtrada y edulcorada, sino adquiriendo criterios y medios de comparación para juzgar adecuadamente la belleza, la verdad y la justicia de las informaciones a las que se está expuesto.
Finalmente, usted se preguntará: ¿pero cómo sabré si estoy teniendo éxito en este objetivo? Fue con ese propósito exacto que incluimos en este artículo los testimonios de la joven y el joven adolescentes, así como de la fiel singapurense: usted percibirá el resultado de sus esfuerzos cuando usted y sus hijos puedan testificar en su propia vida la aplicación de estos criterios, con cada vez mayor desenvoltura y naturalidad, en todas las decisiones importantes que hayan de tomar.
NOTA:
(1) El artículo de Natalie Tansil estaba disponible en https://lifeteen.com/blog/discernment-in-3-easy-steps a la fecha de publicación de este artículo.
Artículo publicado originalmente en: https://vias-classicas.com/blog/beneficios-da-educacao-classica-3-discernimento/