¿Cómo es la vida intelectual del educador clásico?

La Educación Clásica tiene por finalidad la formación integral del ser humano —cuerpo y alma—, con sus facultades generales y sus cualidades individuales. Cuando alguien asume el compromiso de convertirse en un educador clásico, debe comprender la Educación Clásica como una propuesta filosófica amplia.

El maestro clásico, el verdadero educador clásico, es el erudito que se dedica a la búsqueda y a la contemplación de todo cuanto es Verdadero, Bueno y Bello. El dominio de las Artes Liberales proporciona al individuo las herramientas esenciales para el desarrollo completo de su inteligencia. Es preciso enfatizar que, para este intelectual, la educación no es «terminativa»; jamás concluirá con un «diploma». Es, más bien, una voluntad aguzada y cultivada de escudriñar sus objetos de estudio.

Un educador clásico se forma a sí mismo antes de atreverse a la aventura de formar a otras personas.

Como bien nos recuerda C. S. Lewis en su sermón «El aprendizaje en tiempos de guerra», existe en la mente humana un apetito, confiado a nosotros por Dios, de buscar el conocimiento. Él nos ha dotado con el don de la inteligencia y tenemos el deber moral de usarlo para cumplir nuestra vocación como intelectuales. La vocación es un llamado de Dios en nuestras vidas.

La búsqueda del conocimiento es un camino válido hacia Dios, siempre que preservemos el «impulso puro y desinteresado» de buscar siempre lo verdadero. Dios es la plenitud misma de la Sapiencia. El esfuerzo por perfeccionar el don de la inteligencia, con un corazón recto y en honor a Dios, nos aproxima a nuestro fin último.

Cuanto más nos dedicamos al estudio, más conscientes nos volvemos del océano de nuestra ignorancia y de cuánto nos queda aún por aprender. En este sentido, debemos evitar la idea del «cáliz lleno», es decir, la concepción de que ya se sabe lo suficiente. ¡La educación debe entenderse como un aprendizaje continuo que ha de cultivarse durante toda la vida!

Lo que el educador clásico no debe hacer

No existe el momento ideal para dedicarse al estudio; si esperamos ese momento, siempre encontraremos justificativas para la procrastinación. La vida intelectual exige esfuerzo, orden, rutina, disciplina y persistencia. El educador clásico que dice «estoy muy ocupado, no tengo tiempo para estudiar», no hace honor al título. Para convertirse en un maestro, no basta con memorizar frases hechas, haber leído fragmentos de libros y citarlos en sus ponencias. Ser un maestro implica nutrirse íntimamente de la vida intelectual; es convertirse en un ejemplo digno de ser imitado por sus alumnos; es estar siempre dispuesto a aprender, a profundizar en el propio conocimiento mientras se enseña.

Un educador que no encuentra tiempo para estudiar tiene sus prioridades desordenadas. Necesitamos ordenar nuestra vida manteniendo un plan semanal de actividades en el que se incluya un tiempo específico para el estudio. El perfeccionamiento continuo de nuestro intelecto es esencial para comprender la realidad que nos rodea.

Un educador clásico debe abstenerse de «opinar» sobre aquello que no haya estudiado en profundidad. Es más honesto afirmar que no se conoce el asunto con el detalle suficiente que emitir cualquier conjetura preconcebida. De hacerlo, podría inducir a sus interlocutores a un gravísimo error. El erudito que se aprecie a sí mismo jamás debería arrogarse el «derecho a opinar», sino el derecho a la indagación rigurosa del conocimiento. Este tipo de «opinión» no es más que una falsificación del saber. La opinión posee un valor irrisorio frente a los hechos y frente a la contemplación de todo cuanto es Verdadero, Bueno y Bello.

Las academias brasileñas, lamentablemente, acumulan investigaciones que nada tienen de desinteresadas: por el contrario, están ahí únicamente para corroborar conceptos y opiniones preconcebidas. Tales «investigaciones» son tan «relevantes» como resonantes ventosidades. Un «diploma», en nuestro país, apenas vale la tinta con la que fue impreso: es solo un sello en una hoja de papel. No representa el verdadero conocimiento, ni la búsqueda sincera de la contemplación de la verdad, ni la vida intelectual propiamente dicha.

Desde 2013 me he dedicado a estudiar los principios de las Artes Liberales y he acompañado a cientos de familias a lo largo de los años. Lo que he podido observar es que resulta más fácil encontrar una vida intelectual auténtica y pulsante en centros de estudios independientes, en grupos de amigos que se reúnen para aprender sobre determinado tema, o en los innumerables hogares de familias que han asumido la responsabilidad de educar a sus hijos mientras invierten continuamente en su propia formación intelectual, que en los centros denominados «universitarios».

Asimismo, se pueden contar con los dedos de la mano las instituciones escolares comprometidas con la búsqueda del verdadero conocimiento. Trágicamente, una abrumadora mayoría transita el camino inverso, provocando la corrupción moral e intelectual de nuestra juventud. Y esta es la «materia prima» que afluye a los centros universitarios brasileños, perpetuando el analfabetismo funcional, la falsificación del conocimiento y la corrupción de la inteligencia.

 

Artículo publicado originalmente en:  https://vias-classicas.com/blog/como-e-a-vida-intelectual-do-educador-classico/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.